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Tos, fiebre, ganglios inflamados y pérdida de peso son síntomas que suelen perderse en diagnósticos de infecciones comunes, manifestaciones de que algo anda mal en la salud, pero que no suelen asociarse a un cáncer, como les pasa a unos pocos enfermos que reciben la noticia de que padecen un linfoma; esta es una experiencia en Venezuela.

El venezolano Alexis Pérez tenía 39 años en 2003 cuando empezaron a aparecer los síntomas, pero fue seis meses después cuando recibió el diagnóstico correcto: “Linfoma no Hodgkin”, un tipo de cáncer que ataca el tejido linfático que se encuentra principalmente en los ganglios.

Pérez recuerda que cuando empezó a padecer los síntomas de la enfermedad veía que le subía la temperatura en horas de la tarde, tenía una tos seca que atribuía al cigarro y estaba perdiendo peso aunque comía normalmente y no sentía un verdadero malestar o dolor.

Lo más llamativo de las manifestaciones de la enfermedad, dijo a Efe este administrador de profesión, es que se le inflamaron los ganglios en todo el cuerpo, “sobre todo en la zona del cuello”, síntomas que, definitivamente, subrayó, pueden pasar inadvertidos.

Tras seis ciclos de quimioterapia y dos años de tratamiento especial para este cáncer, Pérez asumió las riendas como presidente de la Asociación Venezolana de Amigos con Linfoma, decidido a levantar estadísticas de la enfermedad en el país y ubicar a los pacientes para incorporarlos a la organización y educarlos sobre el tema.

Diagnóstico tardío y tratamiento seguro

Pérez señala que el linfoma se puede desarrollar entre el 2 y el 5% de la población y las posibilidades de que el diagnóstico se escurra entre síntomas comunes es muy alta.

Al introducirse en el estudio de los casos en su país, el hoy activista observó, en 2005, que había muchos problemas con los diagnósticos.

“La conclusión del estudio es que los especialistas que deben tratar esta enfermedad, que son los hematólogos, no estaban bien formados sobre el tema”, comentó Pérez que agregó que esta situación incidía en la mayor mortalidad de los pacientes en su país.

Actualmente, dice Pérez se detectan unos 60 nuevos casos de linfoma al mes, “lo cual quiere decir que podemos tener 720 nuevos casos al año”, pacientes a quienes la asociación que dirige procura “empoderar” acerca de la enfermedad, los caminos para acceder al tratamiento y para superar el trance de salud.

El activista apunta a que en Venezuela no hay suficientes hematólogos que manejen la enfermedad, a diferencia de otros países de la región como Brasil, Argentina y Colombia.

Sin embargo, resaltó que un aspecto positivo de ser paciente de linfoma en el país caribeño es que en Venezuela el tratamiento para atacar esta y otras enfermedades que requieran terapias muy costosas son gratuitos.

“Todos los protocolos que requieren nuestros pacientes en Venezuela están disponibles a través de la farmacia del seguro social a nivel nacional, ese es un gran avance”, señaló Pérez y reiteró que la nación caribeña “tiene la mayor cantidad de medicamentos aprobados para su población en el mundo”.

En la Asociación Venezolana de Amigos con Linfoma (AVAL) se ocupan, además, de organizar programas para el manejo de las emociones, afrontar los cambios de hábitos, sesiones de “risoterapia” y “bailoterapia”.

El diagnóstico certero

El hematólogo y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Los Andes de Venezuela, Carlos Mendoza, dijo a Efe que los médicos generales deben prepararse para hacer un diagnóstico de la enfermedad para no confundir los síntomas banales con procesos infecciosos comunes.

Un aspecto que debe llamar la atención de los médicos a la hora de diagnosticar un linfoma, señala Mendoza, es que los ganglios inflamados durante semanas, no duelen al tacto y además están duros, “con consistencia pétrea”.

Otros signos de que la persona puede estar padeciendo un linfoma es la pérdida de más del 10% del peso corporal en uno o dos meses, así como sudoración nocturna profusa sin ninguna explicación.

El hematólogo indica que hay varios tipos de linfoma y que normalmente se dividen entre linfoma “de Hodgkin” y “no Hodgkin”. En los primeros se ha asociado su incidencia a las personas que han portado el virus Epstein-Barr que causa la mononucleosis.

Mendoza indica, además, que “los pacientes con VIH-sida, tienen 10 veces más posibilidades de sufrir un linfoma no Hodgkin”.

También alerta acerca de que cada vez se detectan más alteraciones cromosómicas asociadas al desarrollo de tumores malignos causadas por factores ambientales como la presencia de fertilizantes y pesticidas en las comidas.

“Esa contaminación ambiental por incremento de radioisótopos nucleares hace que haya mayor inestabilidad cromosómicas”, asegura el especialista tras recordar las radiaciones generadas en accidentes nucleares como el de Chernobil en Ucrania o en Fukushima en Japón.